En una esquina de la ciudad, entre risas de niños y el bullicio de la calle, un pequeño Shih Tzu esperaba a que alguien lo notara. Cubierto de suciedad y con el pelaje enmarañado, Chubi parecía invisible para todos, excepto para Ana. Lo que para otros era un perrito más en la calle, para Ana se convirtió en un alma necesitada de cuidado y cariño.
Ese encuentro inesperado despertó algo profundo en ella: un compromiso lleno de amor y paciencia. Chubi, que había luchado por sobrevivir con labio leporino y sin un hogar, encontró en Ana no solo refugio, sino alguien dispuesta a asumir cada desafío para darle la vida que merecía. Desde aquel primer día, empezó una historia de resiliencia, confianza y cariño incondicional.




¿Recuerdas la primera vez que viste a Chubi? ¿Qué fue lo que te llamó la atención de él y te hizo volver a mirarlo una y otra vez?
“Fue un 14 de febrero. Lo vi por primera vez en la cuadra de la casa de mi mamá, rodeado por un grupo de niños que intentaban darle de comer, pero cuando me acerqué me dijeron que no quería comer nada. Eso me llamó la atención y me agaché para verlo mejor.
Estaba manchado con grasa de carro, tan sucio y con tanto pelo que casi no se le veían los ojitos. Parecía una bolita peluda desordenada, como un pequeño Chewbacca… y, sin saberlo, ahí nació el nombre: Chubi.
Decidí revisarle la boquita y descubrí que tenía labio leporino. Fue una sorpresa grande. En ese momento entendí por qué quizá no comía como los otros perritos… y creo que ahí empezó todo.”
CUANDO UNA MIRADA PIDE AYUDA
Chubi apareció frente a Ana rodeado de niños que intentaban alimentarlo sin éxito. Su pequeño rostro y sus ojitos casi ocultos bajo el pelo lleno de suciedad despertaron en ella una mezcla de tristeza y curiosidad. Parecía una bolita peluda desordenada, pero había algo en su mirada que le decía que necesitaba ayuda.
Al acercarse, Ana descubrió que el perrito tenía labio leporino, lo que explicaba su dificultad para comer y sobrevivir en la calle. La fragilidad de su condición y la forma en que había logrado mantenerse con vida impactaron profundamente a Ana. A pesar del miedo y la responsabilidad que implicaba, decidió llevarlo a casa de manera discreta, convencida de que estaba haciendo lo correcto.
“Sentí una mezcla de emociones: tristeza, curiosidad y muchas preguntas. Me quedé sentada con él en la vereda, tratando de entender cómo había podido sobrevivir en esa condición. No era solo que estuviera solo… era que nadie parecía buscarlo ni preguntar por él.
Recordé que mi mamá ya me había dicho que no llevara más animalitos a la casa. Desde niña siempre he tenido esa debilidad por adoptar perritos y gatitos, pero ya no nos dábamos abasto.
Mientras lo observaba mejor, me di cuenta de que era más pelo que cuerpo. Estaba muy flaquito, lleno de pulgas y garrapatas. No era solo un perrito abandonado, era un perrito que difícilmente iba a sobrevivir mucho tiempo más en la calle.”
Esa primera conexión silenciosa fue el inicio de un lazo que marcaría la vida de ambos. Chubi, aunque pequeño y vulnerable, parecía reconocer que Ana sería su protectora y guía, y esa intuición mutua sembró las bases de un amor que solo crecería con el tiempo.
“Minutos antes de encontrarlo, yo estaba triste por otras cosas. Pero su presencia hizo que, por un momento, olvidara completamente el motivo… Y mientras lo protegía dentro de casa, más que miedo, lo que sentía era responsabilidad… y una certeza que me sorprendía incluso a mí.”
SANAR Y APRENDER JUNTOS
Los primeros días en casa fueron un desafío. Chubi necesitaba ayuda para alimentarse y cuidados especiales que requerían paciencia y constancia. Ana se dedicó a cada detalle: medicación, baños, limpieza y cariño diario. Cada gesto se convirtió en un acto de amor que fortalecía su vínculo y le enseñaba a Ana la importancia de la empatía.
¿Cómo fueron esos primeros días de aprendizaje con Chubi?
“La primera semana mantuve a Chubi escondido en mi cuarto. Lo alimentaba en silencio mientras empezábamos su tratamiento. Entre darle su medicación y quitarle los bichitos que aún tenía, los días eran intensos. Aunque ya había adoptado antes, nunca había recibido a una mascotita en ese estado, y eso me daba miedo.
Pero desde el primer día Chubi fue muy colaborador. A veces algo no le gustaba, claro, pero siempre se dejaba ayudar. Yo sí creo que ellos nos entienden, porque cuando le hablaba y le explicaba lo que hacía, se quedaba tranquilo.
Poco a poco empezó a confiar más en mí. Un día, después de darle su hierro y limpiarlo con cuidado, le dije: “Eres un buen niño”. Lo cargué… y me abrazó. Apoyó su carita en mi hombro, como un bebé. Ese día me puse a llorar. Fue como si, sin palabras, me estuviera diciendo que confiaba en mí.”
Poco a poco, Chubi comenzó a confiar en Ana, a mostrar su ternura y a aceptar los cuidados necesarios. Sus abrazos se convirtieron en un símbolo de gratitud y confianza, reforzando la certeza de que había hecho lo correcto al adoptarlo.
“Desde el primer momento en la calle sospeché que algo pasaba cuando le revisé la boquita y vi el labio leporino… Afortunadamente, después encontré otra veterinaria más Cerca de casa. Gracias a Dios allí sí lo aceptaron. Lo bañaron primero, con paciencia, y luego lo examinaron con cuidado… En ese momento yo no estaba trabajando. Cuando la veterinaria me explicó todos los exámenes que necesitaba, el tipo de tratamiento, la medicación y la alimentación especial que debía tener para mejorar, no voy a mentir… me preocupé por el tema económico… Pero nunca pasó por mi mente dejarlo… La primera semana mantuve a Chubi escondido en mi cuarto…”
UN HOGAR QUE TRANSFORMA VIDAS
Hoy, Chubi enfrenta el síndrome de Cushing, que ha modificado su cuerpo y pelaje, pero no su alegría ni su espíritu. Su vida cotidiana está llena de momentos compartidos: paseos, siestas, juegos y celebraciones especiales que Ana organiza para agradecer cada año de vida a su pequeño compañero.



“Como siempre digo, Chubi es mi verdadero compañerito de vida. Ha estado conmigo en los momentos buenos y en los no tan buenos, y creo que nuestras mascotitas son angelitos en la tierra.
Desde que llegó a mi vida es mi compañero de viajes, paseos y conversaciones… incluso de largas siestas, porque somos igual de dormilones.
Gracias a él también he conocido personas que comparten este amor por nuestros hijitos de cuatro patas, como el team Leoncitos de Corazón. Es, sin duda, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida”
La historia de Chubi es también una historia de segundas oportunidades. Lo que comenzó como el encuentro con un pequeño perrito vulnerable terminó convirtiéndose en un vínculo que transformó la vida de Ana. Hoy, más que una mascota, Chubi es su compañero de vida y el recordatorio de que, cuando abrimos el corazón a quienes más lo necesitan, el amor que recibimos de vuelta puede cambiarlo todo.








